Conociendo el lado peruano del Corredor de Conservación Transfronterizo Andino Amazónico
05/01/2026
El 12 de diciembre, los gobiernos de Ecuador y Perú reconocieron oficialmente al Corredor de Conservación Transfronterizo Andino Amazónico, una estrategia binacional orientada a proteger más de dos millones de hectáreas de ecosistemas andino-amazónicos que se extienden desde el sur del Ecuador hasta el norte del Perú.
Un corredor de conservación o corredor ecológico es una forma de gestionar el territorio para mantener y recuperar la conexión entre ecosistemas, incluso cuando estos han sido fragmentados por carreteras, actividades productivas u otros usos del suelo.
En Naturaleza y Cultura Internacional, junto a otros actores como el Plan Binacional, SERNANP y las autoridades ambientales de ambos países, llevamos varios años impulsando esta visión: construir un corredor transfronterizo a partir de una red de áreas protegidas, nacionales y subnacionales, y avanzar hacia modelos de gestión colaborativos entre Ecuador y Perú.
Para entenderlo mejor, viajé a Perú con el objetivo de conocer de cerca el lado peruano del Corredor de Conservación Transfronterizo Andino Amazónico y, finalmente, ver con mis propios ojos los paisajes andino-amazónicos de los que venimos hablando desde hace tanto tiempo.

Cruzando la frontera
Mi ruta inició en Quito, Ecuador, desde donde tomé un avión hacia Loja. Desde allí continué el trayecto por tierra, avanzando poco a poco hasta llegar a la frontera.
Mientras viajaba pensaba en las fronteras como un concepto enteramente humano. No existen para los animales ni para la naturaleza. El jaguar, por ejemplo, no ve la frontera entre Ecuador y Perú. Ve bosques conectados o fragmentados, y busca espacios amplios y saludables donde pueda desplazarse y vivir.
Con esa idea en mente, comencé un recorrido de siete días por las regiones de Piura y Cajamarca. Cada día el paisaje se transformaba: del páramo al bosque nublado, del frío seco de los Andes al calor húmedo de la Amazonía baja.



Esta diversidad en el paisaje no es casual. El Corredor de Conservación Transfronterizo Andino Amazónico conecta ecosistemas que van aproximadamente desde los 600 metros sobre el nivel del mar hasta más de 4.000 metros, creando un gradiente altitudinal continuo. Justamente esta variedad de alturas es la que permite que especies se desplacen y puedan adaptarse a cambios de temperatura, y que procesos clave, como la regulación del agua y del clima, se mantengan a lo largo de todo el paisaje del Corredor.
Personas que sostienen el territorio
El lado peruano del Corredor Transfronterizo es conocido como el Corredor de Conservación Andes del Norte, un territorio de 729 mil hectáreas, de las cuales 150 mil se encuentran protegidas bajo alguna forma de conservación.
Durante mi visita tuve la oportunidad de recorrer cinco de estas áreas, conversar con sus habitantes y maravillarme con sus paisajes. Y aunque cada lugar enfrentaba desafíos distintos, en todos encontré un elemento en común: el compromiso de la gente con su territorio.

Conversé con Esmilda, en la comunidad de Pumurco, quien me habló de la riqueza de su tierra para la producción de café orgánico, lo que la motivó a dejar prácticas contaminantes y aprender a sembrar de manera sostenible.
“A Pumurco lo que lo hace especial es la calidad del café y nuestro bosque. También tenemos cataratas con aguas cristalinas que son especiales. Esa es nuestra inquietud: cuidar el ambiente para que nuestras aguas no se contaminen.”
También conocí a Angie Melendres, que fue guardabosque voluntaria en su comunidad y hoy forma parte del equipo técnico de Naturaleza y Cultura Internacional.
“Para mí la conservación de este ecosistema nace de mi familia. Mis padres siempre han luchado por conservar. Tenemos el problema de una minera que quiere apoderarse de nuestros bosques, pero desde pequeños aprendimos que cuidar nuestro ecosistema es fundamental, porque incluso nuestras actividades productivas dependen de eso.”


En los bosques de Tabaconas, Lideimer Flores me dio una de las explicaciones más sencillas y poderosas del viaje. Cuando le pregunté por qué era importante proteger el bosque, respondió:
“El bosque es como aire acondicionado; cuando hay bosque, hay frescura.”
Sus palabras resumían una verdad profunda. Los bosques no solo sostienen la vida silvestre, y los hábitats del tapir andino, del oso de anteojos o del águila andina. Los bosques regulan el clima, protegen el suelo y aseguran el agua de la que dependen las comunidades.
Las historias de cada una de estas personas reafirmaron algo esencial: el valor del territorio siempre ha estado claro para quienes lo habitan. Hoy, con el propósito del Corredor, ese compromiso se fortalece con una visión más amplia: conservar aquello que nos conecta para estas y las futuras generaciones.
Un gran rompecabezas construido por la gente
Me gusta pensar en el corredor como un gran rompecabezas, donde cada pieza es indispensable. Donde el trabajo que Esmilda, Angie y Lideimer hacen es tan importante como el de los gobiernos locales o el de nosotros.
Y aunque todavía estamos “construyendo” ese rompecabezas, a través del establecimiento de nuevas áreas de conservación que aporten a la conectividad del paisaje y del fortalecimiento del manejo de las áreas ya existentes, durante este viaje pude ser testigo de avances concretos para conectar este vasto territorio, que entre Ecuador y Perú suma más de 2 millones de hectáreas.
Uno de esos momentos fue cuando los pobladores de la comunidad Puerta el Edén me llevaron a un punto donde convergen los límites de dos áreas: el Área de Conservación Regional Bosques Montanos y la propuesta de Área de Conservación Regional Huamantanga.

A pesar de que la fragmentación del ecosistema causada por la actividad humana era evidente, también lo eran las conexiones: el bosque que continuaba de un lado a otro, las aves sobrevolando sin reconocer límites y las personas, como nosotros, transitando de un área a la siguiente.
Una nueva perspectiva sobre el corredor
Regresé a Ecuador convencida de que la conservación solo funciona cuando las personas que habitan el bosque son protagonistas.
Lo vi en cada comunidad, en cada conversación y en cada rincón del Corredor. Este territorio es un puente natural entre dos países, pero también un puente humano entre quienes lo viven, lo cuidan y lo proyectan hacia el futuro.
Y aunque los desafíos siguen siendo enormes también existe una oportunidad inmensa: seguir construyendo esta red que sostiene agua, biodiversidad, culturas y bienestar para miles de personas en ambos lados de la frontera.
Este viaje fue un recordatorio de que nuestro trabajo importa. Que cada hectárea conservada, cada área fortalecida y cada alianza local suma. Y que, al final, proteger este corredor es proteger la vida misma.
Más información:
Nora Sánchez Luzardo
Coordinador de Comunicación para América Latina